Mi eterno Erik....
El fantasma vagaba por un mundo paralelo, oscuro y agobiante pero a la vez sobrio y puro; su propio mundo, el laberinto de sus emociones. En la parte superior del edificio se representaban obras que exaltaban una belleza inalcanzable; fingían también los espectadores, demasiado maquillados y demasiado pendientes de lo que aparentaban ser. El fantasma no podía aparentar, no era más de lo que era. Se escondía de si mismo, de una fealdad necesaria para que el otro mundo fuera verosímil y sostenible. Esos dos lugares existen, también, dentro de cada uno de nosotros.